sábado, 4 de octubre de 2008

María


El pasto tenía un olor familiar, distinto al que recordaba haber sentido en los últimos años. Caminando ambos por la vereda de la calle, Joaquín le pidió a María un minuto para contemplar lo que lo rodeaba. – ¿Cual es el problema?- Preguntó María sin entender absolutamente nada. – ¿Estás bien? Creo que nunca te había visto hacer esto- Continuó, extrañada. Joaquín sólo se quedó ahí, parado sobre el pasto con los brazos extendidos y mirando hacia el despejado cielo que lo cobijaba.



-¡Te ves tan cliché! Como de una película- Dijo molesta, pero más hacia al viento que hacia Joaquín porque él parecía no haberla escuchado. A metros del Parque Arauco, sobre un pasto radiante, algo distinto había en el aire para él. Como una esponja, su gruesa piel absorbía el calor y la luminosidad del sol que lo cubría de una energía que lo destacaba entre los demás que caminaban por la vereda. Era como si el viento se hubiese llevado todos sus problemas de un soplido, moviendo su cabello levemente y dejándolo por tan sólo un segundo en una paz absoluta. Siguieron caminando.



-Es como sentir, por un instante, que he mirado la vida por un lente sucio, sin enfoque o profundidad- Comenzó a expresar Joaquín. Siempre de carácter fuerte, él se ha opuesto rotundamente a conformarse con ver las cosas como todos los demás. 
–Hoy, es como si los colores que percibo brillaran con más fuerza, atravesándome, como si pudiera hasta olerlos- Continuó, con los ojos muy abiertos y una energía renovada. Asimismo tomó la mano de María y la acercó hacia él con fuerza, trayéndola y enrollándola entre sus brazos como si tuviera el peso de una pluma.


Hasta ella, para él, había cambiado transformándose en un blanco pañuelo, sin peso y con la misma gracia que tienen las hojas de los árboles cuando el viento las invita a bailar en la primavera. –No entiendo aún- Replicó María, con su rostro fruncido y de brazos cruzados. Ella no era así, y como siempre intentó volcar el tema hacia ella. –Si estoy acá contigo, es para que compartamos, ¡para que hablemos! ¿! Y tú te vienes a parar y a dejarme sola mientras haces quién sabe qué?!- Continuó furiosa. 
Joaquín no pensaba dar más explicaciones, ya no más. La miró por un segundo, y con su mirada se acabó ese segundo de paz que sentía. Ahi, algo nuevo le hizo sentido y se aproximó hacia María.

Lentamente, mientras se acercaba, sus pies acariciaban cada pequeña hebra de pasto que lo contenía desde abajo; si prestabas atención, sonaba como una lejana cascada de agua lanzándose infinitamente sobre las rocas. La textura del pasto se acomodaba a sus zapatillas blancas, marcando sus huellas y luego volviendo a levantarse como quién madruga y estira sus brazos con fuerza antes de salir de la cama. Ahi, se generó una conexión entre el entorno y el comportamiento de Joaquín.
El rostro de María se tornó pálido.



A centímetros de su cara, pero sin la menor intención de ir más allá. Joaquín sacó su mano derecha del bolsillo con suma tranquilidad y la puso sobre la cabeza de María como haciéndole cariño, reconociéndola. Con la boca semi-abierta y una respiración ininterrumpida, comenzó a bajar lentamente por su cara, apenas rozando el contorno con su dedo índice. Al darse cuenta que estaba muy tranquilo, ella comenzó a recuperar el color en su rostro mientras olía esa seductora esencia que siempre lo acompañaba. 


En silencio, como si la fuera a mirar por última vez lleno de amor y cariño, el dedo índice de Joaquín siguió explorando la porosidad de la piel de María, sorprendido. Si nunca la hubiera sentido antes, la acercó hacia su boca como para susurrarle un secreto. María se sonrojó, esperando escuchar una de las barbaridades que le solía decir para conquistarla.



-¿Y si empezamos de nuevo?- le dijo Joaquín hacia el oído de María en una voz ásperamente suave. Comenzó a nublarse, y bajo el manto de nubes oscuras se largó a llover. Con un gesto de no entender nada, ella permaneció parada frente a él, su ropa como deshaciéndose con el agua que la limpiaba a ojos de Joaquín. –Es como si por primera vez te pudiera ver, como si te empezara a conocer hoy: ¿Te gusta el café?- Continuó él, maravillado como si algo en él hubiese cambiado.



-¿¡Café, qué es esto?! ¿Tienes alguna idea de lo que estás diciendo? ¿Acaso te volviste loco?- Replicó María histéricamente.



-No más de eso, no me gusta. ¿Vas a ser siempre así?- Interrumpió duramente Joaquín, como dibujándole el límite a María de inmediato. María quedó congelada y se volvió hacia sí misma por un instante. Qué suerte que llovía, porque sólo así pudo disimular las lágrimas de arrepentimiento que comenzó a soltar al realmente darse cuenta de lo egoísta que se comportó siempre con él. –Ven- siguió él, y nuevamente la contuvo con un cálido abrazo como el que das cuando no has visto a alguien en mucho tiempo.

-Perdón, me gusta con un poquito de sabor a avellanas- Replicó María sonriente.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Familia

-No creo lo que dice el libro- le expresó el pequeño Badr a su padre. Dicho esto, comenzó a darse vueltas por la habitación, pensando en esa marca de color azul que se engravó sobre el pecho de Alim. Confundido por la historia… ¿cómo iba a pensar que un ser tan maravilloso como Atiya sólo nacería espontáneamente? –Baba, creo que le falta algo al libro… ¿no crees que algo tan hermoso debe venir de algo más fuerte que simplemente del encuentro fortuito entre un ave caída y esta preciosa joya?

Niños… siempre con preguntas tan obvias que nadie sabe cómo contestar. Sin saber qué decir, el padre de Badr permaneció sentado, mientras miraba detenidamente al piso.

-Y que bonita pregunta estas haciéndole a tu padre- Le respondió Amber al pequeño. Desde detrás de la puerta de la pieza principal, la madre de Badr entró a la habitación. Era una mujer muy simple, de tez solo ligeramente oscura, vestida con una blusa de color azul como el de la luna creciente y una larga y vistosa falda del mismo color que tienen las nubes cuando están blancas y esponjosas. Su pelo largo le daba un toque muy particular a su rostro y a la tranquilidad que proyectaba. Al sentarse, su extenso cabello daba una impresión tan natural y perfecta, que parecía como si se enraizaba con la tierra, recibiendo un poco de su paz y sabiduría. Sus pies, también ligeramente oscuros pero perfectos, sin ni un rasguño, protegidos sólo por una capa delgada de piel y olor a jazmín, una de sus flores preferidas. –Tú eres nuestra preciosa joya, ¿cierto?- Continuó. Mientras se acercaba con una cálida sonrisa, pisando las tablas que crujían en el camino, acercó su mano para hacerle cariño a Badr. –Aunque seas un regalo de Dios, quien te ha traído con salud, una bella sonrisa, y esa cabecita tuya que se ingenia estas preguntas, tu origen es tu familia; Hassab, tu, y yo –Comenzó, como si tuviera algo que agregar a ese relato.

Amber venía de una familia no muy distinta a las típicas del lugar. Rodeada de cultura, tradiciones y estructuras antiguas, ella pudo absorber un poco más que sólo el polen que se mezcla en el viento de primavera. Su hogar era cálido como si te abrazara desde que ponías pié dentro de él, situado en una ciudad innombrable para alguien que no es propio de ahí, la cuna de las civilizaciones antiguas. Se dice que en aquél lugar se estableció un pacto entre el Sol y sus habitantes, brindándoles buena fortuna, amor y sabiduría. De día, el sol brillaría con una esplendorosa fogosidad, pues le prometió a sus habitantes que nunca nadie pasaría frio ni en sus cuerpos físicos, ni dentro de sus corazones. De noche, por otro lado, las personas eran quienes debían iluminar la ciudad con la luminosidad de sus sonrisas y no menos de 500,000 pequeñas luces para agradecer y homenajear al sol por brindarles energía, felicidad, y unión familiar. Gracias a esta constante iluminación espiritual, el Lugar fue la base de una civilización absolutamente distinta de todas las otras, difícilmente entendible por algún extranjero ajeno a sus conductas.

Se recuesta sobre una especie de sillón largo, su pelo enraizado a la madre tierra y la mirada perdida, recordando el cuento de Atiya, según se lo habían contado a ella en su hogar.

-Atiya, hace tiempo, fue una niña de corazón y hueso como tú y como yo, hijo mío –Le dijo Amber al pequeño Badr –Desde pequeña, siempre tuvo la facultad de poder ver el mundo, podía viajar en un minuto al oriente, al minuto siguiente al occidente o a ratos a países diversos; conocía casi a cada tipo de persona que existiera en el mundo. –Lo que más le gustaba hacer, decía Amber, era sentarse en una isla que marcó como suya, cerca del ecuador donde había un clima exquisito, y sentir como la brisa acariciaba su cara. La desventaja, si, era que si escogía ir un día a Suiza de esa manera, no podía estar más de 24 horas. Solía escaparse a esa isla cuando en su cabeza recorrían demasiados pensamientos, cuando sobraban las ideas y sus emociones la sobrellevaban.

El engravado sobre el pecho de Alim comenzaba a arderle, como si estuviese escuchando esta historia, tan lejana, como si aún le trajera algo de dolor o nostalgia.

Siendo una niña muy astuta, Atiya tenía representado el mundo real dentro de su cabeza como un gran puzle, de millones de millones de piezas ínfimas que sólo ella era capaz de recolectar por el dote que tenía de poder volar a cualquier lugar a voluntad y en menos de un segundo.

(Continuará…)

domingo, 17 de agosto de 2008

Atiya

Encerrados por horas en la vivienda de Hassab, finalmente se escucha un largo silencio y la apertura de la puerta de un cuarto. Todos los habitantes del pueblo sabían que Alim se había quedado en casa de los Hassab esa noche, y estaban pendientes de intentar escuchar la conversación. Entre risas, llantos y suspiros, nadie pudo realmente escuchar ninguna palabra de lo que se habló.

-¿Qué pasó en la tarde Alim?- Dijo el pequeño Badr, hijo de Hassab- Ese pequeño pajarito dejó su ala en tu pecho, pero ¿quién o qué es? –Continuó, buscando alguna respuesta

-Les voy a contar un cuento –Interrumpió Hassab –Nunca pensé que fuera realidad, pero creo que acabamos de ver a Atiya, y ella es quien se ha inscrito en tu cuerpo como si estuvieses tatuado. – Terminó Hassab, dirigiendose en ese instante a buscar su antigua copia del "أنتقيأربسميتهلقي".

Y así "Mitología Árabe Antigua", el conocido libro escrito por Siraj Zahir que Hassab heredó de su abuelo comenzó a revelar su relato buscando en el glosario el capitulo bajo la letra A, de Atiya.

"Atiya – Pg. 32

Atiya se formó un día en el que el cielo se veía más azul que el color que toma la luna cuando coinciden dos de ellas llenas en un mes. Ese día, sobre el río Eufrates, colisionaron un diamante y un rubí, que combinando su belleza y escasez crearon una nueva piedra preciosa; Atiya. En la profundidad del Eufrates, se combinó el resistente e intenso polvillo rojo del rubí, con los cristalizados fragmentos del diamante. Juntos crearon una pequeña esfera sólida cuyo centro era de un rojo intenso, como el color que se debería ver al mezclar una gran gota de sangre con una de vino tinto, protegida por una capa más gruesa de diamante casi impenetrable para salvaguardar su esencia.

Cuentan los grandes grupos nómades, de esos territorios, que un día un cuerpo muy parecido al de un pequeño pájaro azul cayó lentamente como una pluma desde el cielo hacia dentro del rio. Momentos después, el aire y el agua se dieron vuelta, y de un gran geiser de agua nació un pequeño ser emplumado, cubierto de una potente aura de color azul.

La fuerza de la erupción del geiser fue tal, que sacó a un árbol, que estaba por impactar a esta majestuosa criatura, de sus raíces. Atiya, con un leve toque de su ala, convirtió a ese grande y poderoso dios de madera en agua pura y del mismo color de luna azul que pintó el cielo ese día que se formó esa pequeña esfera preciosa.

Entre tanto ruido y agua, los nómades perdieron de vista a Atiya por un segundo. Cuando miraron nuevamente, lo único que pudieron divisar fue una mujer alejándose, desapareciendo."

- Mi abuelo me contó un buen día –Continuó Hassab, cerrando el libro –que si se graba una de las plumas de Atiya en alguna parte de tu cuerpo, podrás llamarla para convertir lo que quieras en agua. Pero si abusas de tu suerte, la marca se desvanecerá y no volverás a saber de ella.

Dentro de los incontables viajes de Alim, nunca le había pasado algo tan grande como lo de esa tarde. Ahora, sin embargo, tenía agua para muchos meses por las gigantescas cantidades de agua recaudada por su grupo. –Creo que no es el momento para hacer algo estúpido –Comenzó a decir Alim –Gozaré del agua que he recibido, y cuidaré esta marca para ver qué hacer con ella cuando el tiempo y las condiciones así lo permitan.

Alim tomó una especie de bufanda para cuidar la marca de Atiya, echó sobre su camello muchísima agua, su ropa y sus objetos preferidos, y fue a alcanzar a los demás. Badr se despidió de lejos.

viernes, 15 de agosto de 2008

Oasis de Arena

Exhausto, Alim hunde sus pies en la arena y los mueve cuidadosamente para sentir la granulosa textura entre sus grandes e impenetrables dedos. Es fina pero aún le raspa; la sensación le recuerda que él es dueño de su cuerpo. Hoy toca un nuevo e incierto rumbo, como todos los meses desde que asumió Asad, el nuevo líder del grupo. La orden de hoy, viajar hacia el norte e intentar juntar agua en el camino. Todos preparan su equipo y su ropa. Sin vida, sin pasión, buscan una señal para juntar fuerza y seguir adelante.

Malhumorado, Alim toma sus cosas y empaca; no volverá a ver a Hassab, el dueño de la tienda de cuero, ni a su familia con quienes se había amistado apenas hace 2 días. Incluso le prometió al más pequeño que hoy jugaría con él… pero no podrá ser.

-¿Cual es el sentido de todo esto?-Se pregunta con frustración-¿Cuándo podré estar tranquilo, disfrutar de la compañía de alguien por años?- Termina Alim, mientras Asad observa de lejos en silencio.

Alim agita la cabeza y mirando lejos de la tienda de Hassab se pone de rodillas. Hunde su mano derecha en la arena para soltar la rabia, la empuña y aprieta la arena dura que hay en el fondo con fuerza. Cabizbajo, los sonidos que lo rodeaban comienzan a desvanecerse y se transforman en uno sólo. Era como el sonido del antiguo kaman de su madre. Sus cuerdas vibraban tan elegantemente que al escuchar esa melodía podías sentir el roce un ligero paño de seda sobre la piel; cálido pero inesperado. En el aire se esparció un olor a hojas frescas y lavanda, como el del jardín del palacio real.

-No conozco ese sonido- Dice Alim, aun cabizbajo e incapaz de levantarse. –Los únicos instrumentos que hay por aquí son esos viejos tambores, para marcar el paso y darnos fuerza con su ritmo- Continuó extrañado.

En ese momento, comenzó a sonar insistentemente el tambor, señalando la hora para empezar a moverse. Levantó primero su cuerpo y luego su cabeza, lentamente, hasta que al estar completamente de pie sintió un ave pintada de azul posarse en su hombro derecho. Con su vuelo, desprendía una ligera fragancia a lavanda. Lo extraño era que ese precioso animal emplumado tenía un increíble aspecto de cansancio, igual que el que se veía reflejado en las caras de Alim y los demás viajeros.

-¿Qué eres, pequeña ave? Nunca había oído un canto como el tuyo- Le conversaba Alim al pajarito sobre su hombro que claramente no le podía responder. –Te ves sediento, toma de mi agua para que puedas seguir tu rumbo. Seguro que después podré encontrar más para mí- Continuó, mientras de su cantimplora juntó en sus manos las últimas gotas de agua para darle de beber.

De hombro en hombro su amigo emplumado saltaba de felicidad. Se posó en el borde de las manos de Alim para beber hasta la última gota, lo miró y después de un canto breve se empezó a desvanecer. Se comenzó a transformar en agua, rodeada de una nube azul inexplicable para Alim. Sorprendido, dejó caer el agua sobre la dura y áspera arena. Pálido, Alim mira el suelo y sin entender nada, observa como se empieza a abrir en la arena un pequeño oasis lleno de agua fresca. Y de fondo, una melodía igual a la que cantaba su pequeña amiga alada.

Los demás viajeros miraban este espectáculo en asombro. Murmurando entre sí, se pararon detrás de Alim como si fuese el elegido para recibir este regalo. Igualmente esto les provocó desconfianza y estaban preparados para contenerlo por si fuese obra de un djinn. Desde dentro de la nube azul que se hallaba sobre el agua empeñándose en reemplazar la infinita arena, comenzó a surgir una mujer de piel levemente oscura, contextura delgada y pelo oscuro. Cambiando la fragancia en el aire por la de una rama de lavanda.

-Cansados y frustrados de tanto viajar, obligados a echar raíces sólo entre ustedes mismos, aún hay gente como él, dispuesto a entregar lo poco y nada que tienen para ayudar a otra criatura- Comenzó a decir la misteriosa mujer, con una entonación parecida a la melodía del pequeño pájaro azul que apenas saltaba de felicidad sobre los hombros de Alim. – Junten el valor y la fuerza para seguir, es lo que les ha tocado, pero nunca desperdicien las oportunidades que les presente la vida.

-¡Nunca paramos de viajar! Somos fuertes y resistentes, ¡pero somos personas!-Le dijo un hombre de la multitud.

-Cuando lleguen a su destino final, podrán vivir en paz. Hasta entonces, viajen, luchen si deben luchar, y no dejen que ninguna oportunidad se escape de sus manos. Tomen toda el agua de este infinito oasis que he creado para ustedes antes que se desvanezca; no están solos. –Siguió diciéndole al grupo de viajeros – Alim, ¿no sabías que el hijo pequeño de Hassab muere por conversar contigo de tus viajes?

Entre gritos de felicidad por el hallazgo del oasis, Alim seguía pálido como una nube. Dio unos pasos hacia la misteriosa mujer, pero se volvió a desvanecer lentamente dentro de una nube color azul. Con el sonido del fino kaman, envolvió el espíritu de las personas y las dudas de Alim en un velo de seda mientras se fusionó con el agua del oasis. Las energías de los hombres estaban repuestas y los ánimos aún por el cielo.

De la fuente de agua infinita volvió a surgir esa hermosa ave de color azul, dirigiéndose hacia Alim para posarse sobre su hombro una vez más. El viaje continuaba a la tarde, después que todos llenaran sus provisiones de agua. Mientras tanto, Alim se dirigió hacia Asad para preguntarle si podía quedarse un día más en el campamento y estar con el hijo menor de Hassab.

Alim miró hacia su hombro derecho para apreciar con más tranquilidad a ese espectáculo de plumas azules pero para su sorpresa ya no estaba. Entre los trapos que lo vestían, pudo ver que en el centro de su pecho tenía tatuada la imagen de una de sus majestuosas plumas con un leve toque de blanco. Llevaba ahora ese dulce sonido del kaman de su abuela, y lo que vivió ese día consigo para siempre.

-No cualquier persona hubiera reaccionado como lo hiciste tú el día de hoy. Intenta que ese aprendizaje quede dentro de ti, cultívalo y compártelo sólo con aquellos que quieran aprender. Si yo estoy donde estoy, es porque se presentó la oportunidad y la tomé igual que tú el día de hoy. Mañana, quién sabe qué nuevas oportunidades se nos presentarán.

Alim no supo qué responder más que agradeciendo las palabras de Asad. Salió hacia el oasis, y se mojó tanto la cara como la marca que quedó dibujada en su pecho en signo de gratitud. Viendo a todos partir, se dirigió hacia la choza de Hassab; mañana le tocará un largo viaje.

domingo, 27 de julio de 2008

0. Identidad

    Daniel, al menos así me dicen desde que soy pequeño.

    Soy la consecuencia de una serie de interacciones, relaciones, acciones que una tras otra lograron que exista, respire, y tenga la capacidad de reflexionar. Un eslabón en la cadena infinita y sin rumbo del destino; éste no me controla.

    -Hey, Dan... Estas hablando en voz alta otra vez -Agregó Alejandro- ¡Cuándo vas a aprender a poner un filtro entre tu cabeza y tu boca!

    -¿No me estarás pidiendo mucho? -Respondí- Acaso no recuerdas cómo la semana me tuviste que hacer la Heimlich para escupir el pedazo de pan que se me atascó en la garganta porque me pediste que sostuviera tu vaso de vino por unos segundos?

    Ahora sí, pensando para mi mismo continúo, antes de perder el hilo. Forjo mi propio camino, y trazo la línea de mi existencia por cualquier parte de la cadena que quiera mientras sea capaz de darme cuenta de su magnitud y el material que la compone.

    -Te quedaste callado... apuesto a que estas continuando lo que decías en voz alta para ti mismo y te olvidaste que estoy al lado tuyo- Agregó innecesariamente Alejandro.

    -¿Sigues aquí? -Le devolví bruscamente en un intento de hacer parecer como si no me diera vergüenza

    Olvidé que el Alejo seguía ahí.

    -¡Qué tipo de destino me estaré forjando si soy así de descuidado!

    ¡Maldita sea! Lo hice de nuevo...

    -Te voy a hacer un favor y no te diré lo que acabas de hacer -Dijo Alejandro en un tono burlesco- ¡¿Por qué no mejor nos lanzamos al lago?! Total… ¡para eso vinimos!

  
 

    ¡Mierda! ... olvidé traer mi traje de baño

jueves, 24 de julio de 2008

2. Viento - Parte I

-Susurros en el viento a medianoche, he recorrido este pueblo demasiadas veces, sin darle significado a nada.

-¿Qué susurros Dan? –Me pregunta ingenuamente uno de los sujetos

¡Mal!… estoy pensando en voz alta de nuevo… usaré el viejo truco del cambio de tema

-¿Haz escuchado alguna vez la palabra Metáfora? M-e-t-a-f-o-r-a; para ti, con M mayúscula. –Respondí- Es cuando… viejo… averígualo por ti mismo –Me doy vuelta y me voy para estar solo un momento

Día tras día, transito los mismos angostos caminos que me llevan a mi casa después de un largo día de trabajo. Mis manos y pies llenos de marcas, heridas formadas por mi trabajo tallando en madera. Son marcas de guerra que me recuerdan del esfuerzo que se requiere para crear algo realmente grande y majestuoso.

Escucho una voz en el viento, como un grito de auxilio sin aliento, buscándome para contar una historia. Los viejos sabios dicen que los ruidos etéreos predicen fuertes tempestades. Espero que no llueva… no desde ese día; no después de haberme venido a este pueblo abandonado para escapar del agua que se llevó a mi familia.

Hace cuatro años que no llueve aquí, en esta isla caribeña. Dicen que hay una corriente de viento tan fuerte por encima de esta zona, que arrastra la lluvia directamente sobre la Habana. Imagino que no son más que cuentos de borrachos y coincidencias temporales.

Parado en las calles de este pueblo, a las 8 de la noche, me dirijo a la plaza. Curiosamente, siento que estoy siendo guiado por una gran pluma blanca con un borde negro que arrastra el viento; sonrío en asombro. Escucho gente reír, vasos chocar y otros caer dentro de algunas casas en el tramo hacia la plaza; todos tras puertas cerradas. Al fondo del pasaje, una cantina abierta; nadie bebiendo. Sólo se ve un anciano sentado con sí mismo; me mira de reojo.

...

martes, 22 de julio de 2008

1. Hielo

Frio, penetrando lo que alguna vez conocí como la suavidad y calidez de mis manos. Hoy llueve, una tormenta en el mar me rodea. Me pregunto si alguien ha sentido el frio como el que he vivido en mis viajes en esta nave; ¿alguno habrá comprendido esa sensación? Me encuentro apoyado de espaldas contra la puerta que da hacia la cámara principal del capitán. Está húmeda y huele como debería oler la madera después de la lluvia; fresca pero fuerte. No quiero el calor que me proporciona el ambiente cerrado de la ella porque es muy simple, muy accesible. Me intriga entender la raíz del frio tan propio de este día. A la distancia, bajo el cielo gris que acompaña la lluvia, no veo tierra pese que llevo días viajando. Todo a mi alrededor es agua de lluvia mezclada con sal de mar.

    ¿Cómo habré llegado a este barco?
    Me pregunto esto desde mi despertar en esta nave. Sólo recuerdo haber abierto los ojos un buen día gracias la voz de Blanca, una misteriosa gaviota que me picoteaba la frente esa mañana. Tan elegante en su terno blanco y de botas anaranjadas, supo entender que me encontraba fuera de mi lugar y me fue a hacer compañía. Levanto mi cuerpo y llevo mis manos hacia el borde del barco para afirmarme y poder tener una mejor vista a lo lejos. Me pregunto quiénes serán los tripulantes de este barco, o hacia dónde estaré encaminado. Como quisiera poder hablar con ella, llena de gracia luciendo su plumaje de gala; Blanca. Tal vez tenga alguna respuesta, aunque en realidad me conformo sólo con su presencia.

    En medio de mis preguntas, fijo mi vista hacia el cielo sobre lo que pareciera ser una inocente hoja que arrastra la ventolera de la tormenta. Espero con ansiedad que llegue a mis manos, pero eso me parece tan posible como comunicarme con alguien de esta tripulación, que tiene aspecto de ser del oriental, y pedirle explicaciones de mi situación. Corriendo destartaladamente, persigo a esa hoja que se acerca al barco como si fuese objeto de mi deseo absoluto. No creo que sea una boleta, ni mucho menos una cuenta, como esa última que compartí con Ella, debe ser algún mensaje de algún tipo. Hacia el final de la nave, me paro sobre el mástil y agarro con fuerza la esquina de esa hoja escurridiza. Ahora si escojo entrar a la recamara para abrigarme, tomo el papel y leo:

    "Congelado. Como si mis cálidas sensaciones se escaparan, pero derritiéndose por los poros de mi rostro, dejándome vacio por un instante. Cayendo, nunca antes sentí el piso sólido sobre el cual estaba parado, tan inestable y distante de mí; como arena movediza que sólo yo podía sentir.

    Nunca había escrito sobre lo que sucedió ese día en que todo cambió para mí. Fue como si en mi interior, las definiciones de lo concreto y lo tangible se hubiesen dado vuelta; el agua se volvió dura, la brisa ahogadora. Ese día aprendí que nada es para siempre, salvo que lo cultives dentro de ti, y por ti mismo. Fue ver cómo un ángel, divino, se volvió más mortal que cualquier persona real con defectos y virtudes. Se fue sin despedirse de mi; de mi, el centro del mundo a esa edad. Desesperanzado y desilusionado, olvidé todo lo bueno que ella me dio con sólo existir a mi lado, y fui a su despedida sólo por cortesía y lleno de rencor y preguntas que nunca supe entender hasta más grande; y en su despedida, no lloré.


    Hielo debajo de la piel que cubre mi cara, sentí cuando me dieron esa noticia. Como arrojándome un balde de agua helada en la cara después de haber dormido una larga y cómoda siesta junto a una estufa a leña. Y aún pudiendo oler las brazas de la estufa, ese fuerte olor a carbón que se impregna en tu nariz, una mano etérea tomara tu cabeza, hundiéndola en agua de rio. Sin poder sentir seguridad, incapaz de ver quién o qué te está haciendo esto.

    En esta hoja, no comparto sólo mis acciones sino especialmente mis emociones, que son las que no han sido tapadas o olvidadas con el pasar del tiempo y algo de la mala memoria que siempre me ha caracterizado. El pasar del tiempo me ha llevado a comprender lo que sucedió ese día, hacer las paces con ese niño que se sintió pasado a llevar. Parece que él, a quien aún llevo en mi, ha vuelto a darse cuenta que el agua siempre será agua. Sigue siendo como la que limpia sus manos día a día, o la que abraza y rodea a aquella manzana antes de darle el primer mordisco. La brisa vuelve a ser refrescante y renovadora, ambos puros y naturales. Soy fácilmente sorprendible, siempre he dicho, y es día tras día continúo aprendiendo esto que escribo y comparto con quienes escojan leerlo.

    Otra oportunidad me permitirá escribir con mayor precisión de ese u otros días, por ahora, escribo tan sólo una breve introducción de una memoria, para no condenarla al olvido.

    - MLC"



    ¿Qué significa esto? Es como si la lluvia estuviese leyendo mi mente, escuchando mis inquietudes, trayéndome este testimonio del tal MLC, explicando en aquella joya de papel un aspecto de cómo vivió él, este frio que me intriga.

    En un intento de preservación, tomo esa hoja, cuya tinta se está corriendo con la lluvia y la intento guardar en algún lado. Creo haber visto un baúl junto a esos barriles con pólvora, será mi propio cofre del tesoro... Guardo ese hoja de oro doblada dentro de mi camisa, y parto a buscar mi cofre. Ahí está, junto a la pólvora, será mi refugio. Al tomarla con ambas manos, la hoja se parte por la mitad y la tinta turquesa se vuelve agua de esmeralda, escurriéndose por mis dedos hacia mis brazos. Inquieto, me la trato de sacar, frotándola con fuerza pero sin resultados. Siento como mi piel absorbe la tinta, dejando tatuada una grieta en mi brazo como si fuese de hielo picado.

    Creo que por esta noche, lo único que podre guardar en mi cofre, será frustración y asombro.