sábado, 4 de octubre de 2008

María


El pasto tenía un olor familiar, distinto al que recordaba haber sentido en los últimos años. Caminando ambos por la vereda de la calle, Joaquín le pidió a María un minuto para contemplar lo que lo rodeaba. – ¿Cual es el problema?- Preguntó María sin entender absolutamente nada. – ¿Estás bien? Creo que nunca te había visto hacer esto- Continuó, extrañada. Joaquín sólo se quedó ahí, parado sobre el pasto con los brazos extendidos y mirando hacia el despejado cielo que lo cobijaba.



-¡Te ves tan cliché! Como de una película- Dijo molesta, pero más hacia al viento que hacia Joaquín porque él parecía no haberla escuchado. A metros del Parque Arauco, sobre un pasto radiante, algo distinto había en el aire para él. Como una esponja, su gruesa piel absorbía el calor y la luminosidad del sol que lo cubría de una energía que lo destacaba entre los demás que caminaban por la vereda. Era como si el viento se hubiese llevado todos sus problemas de un soplido, moviendo su cabello levemente y dejándolo por tan sólo un segundo en una paz absoluta. Siguieron caminando.



-Es como sentir, por un instante, que he mirado la vida por un lente sucio, sin enfoque o profundidad- Comenzó a expresar Joaquín. Siempre de carácter fuerte, él se ha opuesto rotundamente a conformarse con ver las cosas como todos los demás. 
–Hoy, es como si los colores que percibo brillaran con más fuerza, atravesándome, como si pudiera hasta olerlos- Continuó, con los ojos muy abiertos y una energía renovada. Asimismo tomó la mano de María y la acercó hacia él con fuerza, trayéndola y enrollándola entre sus brazos como si tuviera el peso de una pluma.


Hasta ella, para él, había cambiado transformándose en un blanco pañuelo, sin peso y con la misma gracia que tienen las hojas de los árboles cuando el viento las invita a bailar en la primavera. –No entiendo aún- Replicó María, con su rostro fruncido y de brazos cruzados. Ella no era así, y como siempre intentó volcar el tema hacia ella. –Si estoy acá contigo, es para que compartamos, ¡para que hablemos! ¿! Y tú te vienes a parar y a dejarme sola mientras haces quién sabe qué?!- Continuó furiosa. 
Joaquín no pensaba dar más explicaciones, ya no más. La miró por un segundo, y con su mirada se acabó ese segundo de paz que sentía. Ahi, algo nuevo le hizo sentido y se aproximó hacia María.

Lentamente, mientras se acercaba, sus pies acariciaban cada pequeña hebra de pasto que lo contenía desde abajo; si prestabas atención, sonaba como una lejana cascada de agua lanzándose infinitamente sobre las rocas. La textura del pasto se acomodaba a sus zapatillas blancas, marcando sus huellas y luego volviendo a levantarse como quién madruga y estira sus brazos con fuerza antes de salir de la cama. Ahi, se generó una conexión entre el entorno y el comportamiento de Joaquín.
El rostro de María se tornó pálido.



A centímetros de su cara, pero sin la menor intención de ir más allá. Joaquín sacó su mano derecha del bolsillo con suma tranquilidad y la puso sobre la cabeza de María como haciéndole cariño, reconociéndola. Con la boca semi-abierta y una respiración ininterrumpida, comenzó a bajar lentamente por su cara, apenas rozando el contorno con su dedo índice. Al darse cuenta que estaba muy tranquilo, ella comenzó a recuperar el color en su rostro mientras olía esa seductora esencia que siempre lo acompañaba. 


En silencio, como si la fuera a mirar por última vez lleno de amor y cariño, el dedo índice de Joaquín siguió explorando la porosidad de la piel de María, sorprendido. Si nunca la hubiera sentido antes, la acercó hacia su boca como para susurrarle un secreto. María se sonrojó, esperando escuchar una de las barbaridades que le solía decir para conquistarla.



-¿Y si empezamos de nuevo?- le dijo Joaquín hacia el oído de María en una voz ásperamente suave. Comenzó a nublarse, y bajo el manto de nubes oscuras se largó a llover. Con un gesto de no entender nada, ella permaneció parada frente a él, su ropa como deshaciéndose con el agua que la limpiaba a ojos de Joaquín. –Es como si por primera vez te pudiera ver, como si te empezara a conocer hoy: ¿Te gusta el café?- Continuó él, maravillado como si algo en él hubiese cambiado.



-¿¡Café, qué es esto?! ¿Tienes alguna idea de lo que estás diciendo? ¿Acaso te volviste loco?- Replicó María histéricamente.



-No más de eso, no me gusta. ¿Vas a ser siempre así?- Interrumpió duramente Joaquín, como dibujándole el límite a María de inmediato. María quedó congelada y se volvió hacia sí misma por un instante. Qué suerte que llovía, porque sólo así pudo disimular las lágrimas de arrepentimiento que comenzó a soltar al realmente darse cuenta de lo egoísta que se comportó siempre con él. –Ven- siguió él, y nuevamente la contuvo con un cálido abrazo como el que das cuando no has visto a alguien en mucho tiempo.

-Perdón, me gusta con un poquito de sabor a avellanas- Replicó María sonriente.