Frio, penetrando lo que alguna vez conocí como la suavidad y calidez de mis manos. Hoy llueve, una tormenta en el mar me rodea. Me pregunto si alguien ha sentido el frio como el que he vivido en mis viajes en esta nave; ¿alguno habrá comprendido esa sensación? Me encuentro apoyado de espaldas contra la puerta que da hacia la cámara principal del capitán. Está húmeda y huele como debería oler la madera después de la lluvia; fresca pero fuerte. No quiero el calor que me proporciona el ambiente cerrado de la ella porque es muy simple, muy accesible. Me intriga entender la raíz del frio tan propio de este día. A la distancia, bajo el cielo gris que acompaña la lluvia, no veo tierra pese que llevo días viajando. Todo a mi alrededor es agua de lluvia mezclada con sal de mar.
¿Cómo habré llegado a este barco?
Me pregunto esto desde mi despertar en esta nave. Sólo recuerdo haber abierto los ojos un buen día gracias la voz de Blanca, una misteriosa gaviota que me picoteaba la frente esa mañana. Tan elegante en su terno blanco y de botas anaranjadas, supo entender que me encontraba fuera de mi lugar y me fue a hacer compañía. Levanto mi cuerpo y llevo mis manos hacia el borde del barco para afirmarme y poder tener una mejor vista a lo lejos. Me pregunto quiénes serán los tripulantes de este barco, o hacia dónde estaré encaminado. Como quisiera poder hablar con ella, llena de gracia luciendo su plumaje de gala; Blanca. Tal vez tenga alguna respuesta, aunque en realidad me conformo sólo con su presencia.
En medio de mis preguntas, fijo mi vista hacia el cielo sobre lo que pareciera ser una inocente hoja que arrastra la ventolera de la tormenta. Espero con ansiedad que llegue a mis manos, pero eso me parece tan posible como comunicarme con alguien de esta tripulación, que tiene aspecto de ser del oriental, y pedirle explicaciones de mi situación. Corriendo destartaladamente, persigo a esa hoja que se acerca al barco como si fuese objeto de mi deseo absoluto. No creo que sea una boleta, ni mucho menos una cuenta, como esa última que compartí con Ella, debe ser algún mensaje de algún tipo. Hacia el final de la nave, me paro sobre el mástil y agarro con fuerza la esquina de esa hoja escurridiza. Ahora si escojo entrar a la recamara para abrigarme, tomo el papel y leo:
"Congelado. Como si mis cálidas sensaciones se escaparan, pero derritiéndose por los poros de mi rostro, dejándome vacio por un instante. Cayendo, nunca antes sentí el piso sólido sobre el cual estaba parado, tan inestable y distante de mí; como arena movediza que sólo yo podía sentir.
Nunca había escrito sobre lo que sucedió ese día en que todo cambió para mí. Fue como si en mi interior, las definiciones de lo concreto y lo tangible se hubiesen dado vuelta; el agua se volvió dura, la brisa ahogadora. Ese día aprendí que nada es para siempre, salvo que lo cultives dentro de ti, y por ti mismo. Fue ver cómo un ángel, divino, se volvió más mortal que cualquier persona real con defectos y virtudes. Se fue sin despedirse de mi; de mi, el centro del mundo a esa edad. Desesperanzado y desilusionado, olvidé todo lo bueno que ella me dio con sólo existir a mi lado, y fui a su despedida sólo por cortesía y lleno de rencor y preguntas que nunca supe entender hasta más grande; y en su despedida, no lloré.
Hielo debajo de la piel que cubre mi cara, sentí cuando me dieron esa noticia. Como arrojándome un balde de agua helada en la cara después de haber dormido una larga y cómoda siesta junto a una estufa a leña. Y aún pudiendo oler las brazas de la estufa, ese fuerte olor a carbón que se impregna en tu nariz, una mano etérea tomara tu cabeza, hundiéndola en agua de rio. Sin poder sentir seguridad, incapaz de ver quién o qué te está haciendo esto.
En esta hoja, no comparto sólo mis acciones sino especialmente mis emociones, que son las que no han sido tapadas o olvidadas con el pasar del tiempo y algo de la mala memoria que siempre me ha caracterizado. El pasar del tiempo me ha llevado a comprender lo que sucedió ese día, hacer las paces con ese niño que se sintió pasado a llevar. Parece que él, a quien aún llevo en mi, ha vuelto a darse cuenta que el agua siempre será agua. Sigue siendo como la que limpia sus manos día a día, o la que abraza y rodea a aquella manzana antes de darle el primer mordisco. La brisa vuelve a ser refrescante y renovadora, ambos puros y naturales. Soy fácilmente sorprendible, siempre he dicho, y es día tras día continúo aprendiendo esto que escribo y comparto con quienes escojan leerlo.
Otra oportunidad me permitirá escribir con mayor precisión de ese u otros días, por ahora, escribo tan sólo una breve introducción de una memoria, para no condenarla al olvido.
- MLC"
¿Qué significa esto? Es como si la lluvia estuviese leyendo mi mente, escuchando mis inquietudes, trayéndome este testimonio del tal MLC, explicando en aquella joya de papel un aspecto de cómo vivió él, este frio que me intriga.
En un intento de preservación, tomo esa hoja, cuya tinta se está corriendo con la lluvia y la intento guardar en algún lado. Creo haber visto un baúl junto a esos barriles con pólvora, será mi propio cofre del tesoro... Guardo ese hoja de oro doblada dentro de mi camisa, y parto a buscar mi cofre. Ahí está, junto a la pólvora, será mi refugio. Al tomarla con ambas manos, la hoja se parte por la mitad y la tinta turquesa se vuelve agua de esmeralda, escurriéndose por mis dedos hacia mis brazos. Inquieto, me la trato de sacar, frotándola con fuerza pero sin resultados. Siento como mi piel absorbe la tinta, dejando tatuada una grieta en mi brazo como si fuese de hielo picado.
Creo que por esta noche, lo único que podre guardar en mi cofre, será frustración y asombro.