domingo, 1 de mayo de 2011

La Rosa y el Gato - Parte 1

- Un nuevo día congelado de invierno. Si tan solo supiera cómo protegerme del penetrante frio – Se dijo la rosa – Quisiera ser como todas las otras del jardín; si tan sólo tuviera espinas.

Mientras ella temblaba de frio, sin entender por qué era distinta, un amistoso gato gris se desplazaba entre las más rojas y elegantes rosas que cubrían el jardín. Él, sin embargo, no estaba impresionado por ninguna de ellas. Desde el oeste soplaban los vientos sobre el carnaval de flores que aprovechaban su movimiento para lucir sus estilosas figuras; largos y brillantes tallos de color verde, aún algo húmedas por el rocío. Largas hojas que, como brazos, se extendían hacia afuera invitándote a admirarlas como una fotografía.

Aún así, el indiferente gato sólo caminaba sin estar sorprendido en lo absoluto; eran todas iguales. Hasta sus espinas, como las que tanto deseaba la rosa roja, eran del mismo color bronce. Eran amenazantes, preparadas para defenderse de quien quisiera tocar o herirlas y tan fuertes que hasta la brisa invernal se cortaba, al pasar cerca de esos dientes de tiburón que protegían sus tallos.

¿De que sirve la belleza de una rosa, si sus espinas te mantienen a la distancia? – Se preguntó el felino mientras caminaba al lado de estas majestuosas creaciones de la naturaleza. Tan hermosas que pese su desinterés en ellas, ronroneaba incontrolablemente al sólo estar cerca. Para él, no eran más que una bella decoración... un mar de cuerpos iguales como algunos de los condominios nuevos de los barrios más altos dónde va a conseguir comida.

Soy Rosa – Dijo la flor roja al gato desde el otro lado de la sala – Para mí, ellas son hermosas – Continuó, insinuando que quería ser como una de ellas.

Sus puntudas orejas inmediatamente miraron hacia la fuente de esa dulce, distinta voz, e inmediatamente saltó sobre el tejado para poder verla mejor. Trepó un árbol, pasando por una vacía jaula de pájaros, y aterrizando sobre el saco de tierra de hojas que se reparte entre todas las plantas del jardín. En cuanto vió a Rosa, el intrépido felino se congeló.

-Yo… estoy… tu… - Fue lo único que salió de su boca al verla de frente. Nunca antes había visto semejante creación. – Tu… ¡por qué eres tan distinta! – fueron las palabras más coherentes que lograron salir de su boca. Tan impactado por ella, que los cientos de pensamientos sublimes que quería expresar, resultaron salir erróneamente incluso sonando casi agresivo. 

Este gato, quien estaba seguro de haber visto todo lo que hay por ver, las maravillas más grandes y preciosas de todo el planeta de Providencia  no era capaz de entender por qué no podía elaborar una encantadora y coherente oración como lo hacía siempre.

¡Por qué eres tan cruel conmigo! ¡Yo no ando diciéndole a las abejas que me vienen a ver que no son muy amarillas, o que son feas! – Le gritó al aparentemente cruel gato gris – Si tan sólo fuese un poco más roja, si mi tallo estuviese cubierto en más espinas como el resto de las rosas… Mejor no diré nada…

Sin palabras y un poco asustado, el curioso gato gris caminó alrededor de Rosa, sus ojos muy abiertos, observándo el increíble misterio que ella era. Después de ese error, no iba a decir nada más a menos que estuviera seguro que no sonara mal o cruel. Ahora… ¿Cómo podía esto estarle pasando al gato más tranquilo y preparado de toda la cuadra, que siempre sabía cómo controlarse y ser encantador con todas las gatas que se encontraba?

Extraño… pero no tanto como lo que vió en Rosa.

Y tus espinas… ¿dónde están? – Le preguntó el gato gris a la rosa, mientras se acercaba a su tallo lentamente con su patita. -¿qué es eso que sale de tu tallo? Preguntó.

Repentinamente, mientras intentaba palpar a Rosa, una pequeña gota de sangre brotó de uno de los suaves y negros cojinetes de su pie derecho, tiñendo el suelo a su alrededor color burdeo. La sensación en sus patitas era helada, como si hubiese tocado algo tan fino que era casi invisible. Era como polvo de diamante y frio como el hielo de un glaciar. 
Por un segundo, los dos se congelaron; no entendían lo que sucedió.

Continuará...