Continuará...
domingo, 1 de mayo de 2011
La Rosa y el Gato - Parte 1
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martes, 22 de febrero de 2011
No apagues la luz
sábado, 4 de octubre de 2008
María
El pasto tenía un olor familiar, distinto al que recordaba haber sentido en los últimos años. Caminando ambos por la vereda de la calle, Joaquín le pidió a María un minuto para contemplar lo que lo rodeaba. – ¿Cual es el problema?- Preguntó María sin entender absolutamente nada. – ¿Estás bien? Creo que nunca te había visto hacer esto- Continuó, extrañada. Joaquín sólo se quedó ahí, parado sobre el pasto con los brazos extendidos y mirando hacia el despejado cielo que lo cobijaba.
-¡Te ves tan cliché! Como de una película- Dijo molesta, pero más hacia al viento que hacia Joaquín porque él parecía no haberla escuchado. A metros del Parque Arauco, sobre un pasto radiante, algo distinto había en el aire para él. Como una esponja, su gruesa piel absorbía el calor y la luminosidad del sol que lo cubría de una energía que lo destacaba entre los demás que caminaban por la vereda. Era como si el viento se hubiese llevado todos sus problemas de un soplido, moviendo su cabello levemente y dejándolo por tan sólo un segundo en una paz absoluta. Siguieron caminando.
-Es como sentir, por un instante, que he mirado la vida por un lente sucio, sin enfoque o profundidad- Comenzó a expresar Joaquín. Siempre de carácter fuerte, él se ha opuesto rotundamente a conformarse con ver las cosas como todos los demás.
–Hoy, es como si los colores que percibo brillaran con más fuerza, atravesándome, como si pudiera hasta olerlos- Continuó, con los ojos muy abiertos y una energía renovada. Asimismo tomó la mano de María y la acercó hacia él con fuerza, trayéndola y enrollándola entre sus brazos como si tuviera el peso de una pluma.
Hasta ella, para él, había cambiado transformándose en un blanco pañuelo, sin peso y con la misma gracia que tienen las hojas de los árboles cuando el viento las invita a bailar en la primavera. –No entiendo aún- Replicó María, con su rostro fruncido y de brazos cruzados. Ella no era así, y como siempre intentó volcar el tema hacia ella. –Si estoy acá contigo, es para que compartamos, ¡para que hablemos! ¿! Y tú te vienes a parar y a dejarme sola mientras haces quién sabe qué?!- Continuó furiosa.
Joaquín no pensaba dar más explicaciones, ya no más. La miró por un segundo, y con su mirada se acabó ese segundo de paz que sentía. Ahi, algo nuevo le hizo sentido y se aproximó hacia María.
Lentamente, mientras se acercaba, sus pies acariciaban cada pequeña hebra de pasto que lo contenía desde abajo; si prestabas atención, sonaba como una lejana cascada de agua lanzándose infinitamente sobre las rocas. La textura del pasto se acomodaba a sus zapatillas blancas, marcando sus huellas y luego volviendo a levantarse como quién madruga y estira sus brazos con fuerza antes de salir de la cama. Ahi, se generó una conexión entre el entorno y el comportamiento de Joaquín.
El rostro de María se tornó pálido.
A centímetros de su cara, pero sin la menor intención de ir más allá. Joaquín sacó su mano derecha del bolsillo con suma tranquilidad y la puso sobre la cabeza de María como haciéndole cariño, reconociéndola. Con la boca semi-abierta y una respiración ininterrumpida, comenzó a bajar lentamente por su cara, apenas rozando el contorno con su dedo índice. Al darse cuenta que estaba muy tranquilo, ella comenzó a recuperar el color en su rostro mientras olía esa seductora esencia que siempre lo acompañaba.
En silencio, como si la fuera a mirar por última vez lleno de amor y cariño, el dedo índice de Joaquín siguió explorando la porosidad de la piel de María, sorprendido. Si nunca la hubiera sentido antes, la acercó hacia su boca como para susurrarle un secreto. María se sonrojó, esperando escuchar una de las barbaridades que le solía decir para conquistarla.
-¿Y si empezamos de nuevo?- le dijo Joaquín hacia el oído de María en una voz ásperamente suave. Comenzó a nublarse, y bajo el manto de nubes oscuras se largó a llover. Con un gesto de no entender nada, ella permaneció parada frente a él, su ropa como deshaciéndose con el agua que la limpiaba a ojos de Joaquín. –Es como si por primera vez te pudiera ver, como si te empezara a conocer hoy: ¿Te gusta el café?- Continuó él, maravillado como si algo en él hubiese cambiado.
-¿¡Café, qué es esto?! ¿Tienes alguna idea de lo que estás diciendo? ¿Acaso te volviste loco?- Replicó María histéricamente.
-No más de eso, no me gusta. ¿Vas a ser siempre así?- Interrumpió duramente Joaquín, como dibujándole el límite a María de inmediato. María quedó congelada y se volvió hacia sí misma por un instante. Qué suerte que llovía, porque sólo así pudo disimular las lágrimas de arrepentimiento que comenzó a soltar al realmente darse cuenta de lo egoísta que se comportó siempre con él. –Ven- siguió él, y nuevamente la contuvo con un cálido abrazo como el que das cuando no has visto a alguien en mucho tiempo.
-Perdón, me gusta con un poquito de sabor a avellanas- Replicó María sonriente.
lunes, 15 de septiembre de 2008
Familia
-No creo lo que dice el libro- le expresó el pequeño Badr a su padre. Dicho esto, comenzó a darse vueltas por la habitación, pensando en esa marca de color azul que se engravó sobre el pecho de Alim. Confundido por la historia… ¿cómo iba a pensar que un ser tan maravilloso como Atiya sólo nacería espontáneamente? –Baba, creo que le falta algo al libro… ¿no crees que algo tan hermoso debe venir de algo más fuerte que simplemente del encuentro fortuito entre un ave caída y esta preciosa joya?
Niños… siempre con preguntas tan obvias que nadie sabe cómo contestar. Sin saber qué decir, el padre de Badr permaneció sentado, mientras miraba detenidamente al piso.
-Y que bonita pregunta estas haciéndole a tu padre- Le respondió Amber al pequeño. Desde detrás de la puerta de la pieza principal, la madre de Badr entró a la habitación. Era una mujer muy simple, de tez solo ligeramente oscura, vestida con una blusa de color azul como el de la luna creciente y una larga y vistosa falda del mismo color que tienen las nubes cuando están blancas y esponjosas. Su pelo largo le daba un toque muy particular a su rostro y a la tranquilidad que proyectaba. Al sentarse, su extenso cabello daba una impresión tan natural y perfecta, que parecía como si se enraizaba con la tierra, recibiendo un poco de su paz y sabiduría. Sus pies, también ligeramente oscuros pero perfectos, sin ni un rasguño, protegidos sólo por una capa delgada de piel y olor a jazmín, una de sus flores preferidas. –Tú eres nuestra preciosa joya, ¿cierto?- Continuó. Mientras se acercaba con una cálida sonrisa, pisando las tablas que crujían en el camino, acercó su mano para hacerle cariño a Badr. –Aunque seas un regalo de Dios, quien te ha traído con salud, una bella sonrisa, y esa cabecita tuya que se ingenia estas preguntas, tu origen es tu familia; Hassab, tu, y yo –Comenzó, como si tuviera algo que agregar a ese relato.
Amber venía de una familia no muy distinta a las típicas del lugar. Rodeada de cultura, tradiciones y estructuras antiguas, ella pudo absorber un poco más que sólo el polen que se mezcla en el viento de primavera. Su hogar era cálido como si te abrazara desde que ponías pié dentro de él, situado en una ciudad innombrable para alguien que no es propio de ahí, la cuna de las civilizaciones antiguas. Se dice que en aquél lugar se estableció un pacto entre el Sol y sus habitantes, brindándoles buena fortuna, amor y sabiduría. De día, el sol brillaría con una esplendorosa fogosidad, pues le prometió a sus habitantes que nunca nadie pasaría frio ni en sus cuerpos físicos, ni dentro de sus corazones. De noche, por otro lado, las personas eran quienes debían iluminar la ciudad con la luminosidad de sus sonrisas y no menos de 500,000 pequeñas luces para agradecer y homenajear al sol por brindarles energía, felicidad, y unión familiar. Gracias a esta constante iluminación espiritual, el Lugar fue la base de una civilización absolutamente distinta de todas las otras, difícilmente entendible por algún extranjero ajeno a sus conductas.
Se recuesta sobre una especie de sillón largo, su pelo enraizado a la madre tierra y la mirada perdida, recordando el cuento de Atiya, según se lo habían contado a ella en su hogar.
-Atiya, hace tiempo, fue una niña de corazón y hueso como tú y como yo, hijo mío –Le dijo Amber al pequeño Badr –Desde pequeña, siempre tuvo la facultad de poder ver el mundo, podía viajar en un minuto al oriente, al minuto siguiente al occidente o a ratos a países diversos; conocía casi a cada tipo de persona que existiera en el mundo. –Lo que más le gustaba hacer, decía Amber, era sentarse en una isla que marcó como suya, cerca del ecuador donde había un clima exquisito, y sentir como la brisa acariciaba su cara. La desventaja, si, era que si escogía ir un día a Suiza de esa manera, no podía estar más de 24 horas. Solía escaparse a esa isla cuando en su cabeza recorrían demasiados pensamientos, cuando sobraban las ideas y sus emociones la sobrellevaban.
El engravado sobre el pecho de Alim comenzaba a arderle, como si estuviese escuchando esta historia, tan lejana, como si aún le trajera algo de dolor o nostalgia.
Siendo una niña muy astuta, Atiya tenía representado el mundo real dentro de su cabeza como un gran puzle, de millones de millones de piezas ínfimas que sólo ella era capaz de recolectar por el dote que tenía de poder volar a cualquier lugar a voluntad y en menos de un segundo.
(Continuará…)
domingo, 17 de agosto de 2008
Atiya
Encerrados por horas en la vivienda de Hassab, finalmente se escucha un largo silencio y la apertura de la puerta de un cuarto. Todos los habitantes del pueblo sabían que Alim se había quedado en casa de los Hassab esa noche, y estaban pendientes de intentar escuchar la conversación. Entre risas, llantos y suspiros, nadie pudo realmente escuchar ninguna palabra de lo que se habló.
-¿Qué pasó en la tarde Alim?- Dijo el pequeño Badr, hijo de Hassab- Ese pequeño pajarito dejó su ala en tu pecho, pero ¿quién o qué es? –Continuó, buscando alguna respuesta
-Les voy a contar un cuento –Interrumpió Hassab –Nunca pensé que fuera realidad, pero creo que acabamos de ver a Atiya, y ella es quien se ha inscrito en tu cuerpo como si estuvieses tatuado. – Terminó Hassab, dirigiendose en ese instante a buscar su antigua copia del "أنتقيأربسميتهلقي".
Y así "Mitología Árabe Antigua", el conocido libro escrito por Siraj Zahir que Hassab heredó de su abuelo comenzó a revelar su relato buscando en el glosario el capitulo bajo la letra A, de Atiya.
"Atiya – Pg. 32
Atiya se formó un día en el que el cielo se veía más azul que el color que toma la luna cuando coinciden dos de ellas llenas en un mes. Ese día, sobre el río Eufrates, colisionaron un diamante y un rubí, que combinando su belleza y escasez crearon una nueva piedra preciosa; Atiya. En la profundidad del Eufrates, se combinó el resistente e intenso polvillo rojo del rubí, con los cristalizados fragmentos del diamante. Juntos crearon una pequeña esfera sólida cuyo centro era de un rojo intenso, como el color que se debería ver al mezclar una gran gota de sangre con una de vino tinto, protegida por una capa más gruesa de diamante casi impenetrable para salvaguardar su esencia.
Cuentan los grandes grupos nómades, de esos territorios, que un día un cuerpo muy parecido al de un pequeño pájaro azul cayó lentamente como una pluma desde el cielo hacia dentro del rio. Momentos después, el aire y el agua se dieron vuelta, y de un gran geiser de agua nació un pequeño ser emplumado, cubierto de una potente aura de color azul.
La fuerza de la erupción del geiser fue tal, que sacó a un árbol, que estaba por impactar a esta majestuosa criatura, de sus raíces. Atiya, con un leve toque de su ala, convirtió a ese grande y poderoso dios de madera en agua pura y del mismo color de luna azul que pintó el cielo ese día que se formó esa pequeña esfera preciosa.
Entre tanto ruido y agua, los nómades perdieron de vista a Atiya por un segundo. Cuando miraron nuevamente, lo único que pudieron divisar fue una mujer alejándose, desapareciendo."
- Mi abuelo me contó un buen día –Continuó Hassab, cerrando el libro –que si se graba una de las plumas de Atiya en alguna parte de tu cuerpo, podrás llamarla para convertir lo que quieras en agua. Pero si abusas de tu suerte, la marca se desvanecerá y no volverás a saber de ella.
Dentro de los incontables viajes de Alim, nunca le había pasado algo tan grande como lo de esa tarde. Ahora, sin embargo, tenía agua para muchos meses por las gigantescas cantidades de agua recaudada por su grupo. –Creo que no es el momento para hacer algo estúpido –Comenzó a decir Alim –Gozaré del agua que he recibido, y cuidaré esta marca para ver qué hacer con ella cuando el tiempo y las condiciones así lo permitan.
Alim tomó una especie de bufanda para cuidar la marca de Atiya, echó sobre su camello muchísima agua, su ropa y sus objetos preferidos, y fue a alcanzar a los demás. Badr se despidió de lejos.