Regresó el aura oscura que rodea los pies de mi cama. Esa que comienza a aparecer cuando anochece, acompañada de ese fuerte olor de un clavo oxidado. Tengo miedo de la oscuridad, de mirar hacia el pasillo, desde mi fría habitación, y que los ojos de esa difusa silueta blanca que cruza el corredor me vuelvan a juzgar.
Postrado sobre esta tumba de plumas, nadie cree que hay algo que no me permite salir. Dicen que lo más que una persona puede estar sin dormir son 6 días, y acá estoy, desde que me rescataron del lago; 47 atardeceres muerto de miedo. Los doctores dicen que mi cuerpo está sano pero me encuentro inmóvil, mudo. Mis ojeras hablan por sí solas, negras como la túnica de un cuervo hambriento, rodeadas de mi pálida piel que no se ha nutrido de sueño. Un estado casi catatónico que me obliga a ver lo que no quiero. ¿Qué mentiroso asegura que “el monstruo debajo de la cama” no existe? ¿Quién certifica que no hay nada escondido en el armario incluso aquí y ahora?
A veces me viene a ver Ariel, mi hermano y un escéptico de libro, quien siempre me ofrece algo para comer o beber con algo para dormir. Nadie entiende por qué los remedios no surten efecto, pero siempre que los tomo veo las sombras. Cuando la luz se debilita, siento otro mundo. Él me mira, balbucea unas palabras que para mí son ininteligibles, deja caer una lágrima y se comienza a levantar para irse. Extiendo mi mano, grito pero no me sale la voz… “No apagues la luz”. “No apagues la luz”. “No apagues…” La luz se esfuma con la partida de mi hermano.
Cierro los ojos de miedo, y no pasa nada, ¿se habrán ido? Creo sentir calma, parece que siento seguridad; cuento ovejas para intentar dormir. Que tranquilidad.
Sin sueño y desorientado, me atrevo a abrir los ojos. Late mi corazón, y en el pasillo espera la silueta de de una anciana que me mira fijamente. Sujeto a mi cama por cadenas etéreas, por fin veo lo que me tiene inmóvil. Trato de gritar, pero mi boca está cubierta por una densa e irreconocible figura que la sella. Vientos cruzan de izquierda a derecha como si no existiesen paredes, percibo olor a hierro en el aire. Tiemblo y transpiro mientras la figura detrás del umbral de mi puerta se aproxima lentamente.
Cada paso del espectro lleva consigo un silencio imperioso, desentonándome de la realidad. Violentamente se abre una ventana, y como si la habitación estuviese de lado, el agua de una tormenta cae como si lloviera directamente hacia adentro. Se desploma la ventana y explota el vidrio, cortándome en varias partes. Intento levantarme, escapar, pero desde debajo del colchón nace una esquelética mano que presiona la mía contra las sábanas, cortándome la circulación. Enfoco mi vista hacia la moribunda mano, aterrorizado y luchando contra las cadenas para liberarme; siento pies fríos sobre las sábanas.
Miro hacia arriba y siento un congelado rasguño en mi cuello; mi nariz toca la etérea boca de la sombra que está ahora encima de mi rostro. Es como humano, siento mi corazón latir muy rápido. Sin carne alrededor de sus pómulos, como una araña, me encierra con sus extremidades, paralizándome de miedo; siento su aliento sobre mi cara envenenándome.
La mano me aprieta con más fuerza y huelo la sangre que explota de mis muñecas. Los vientos dentro de la habitación pasan con más y más fuerza. La anciana pone sus garras sobre mi cuello y, como aullando, levanta su cabeza para soltar el grito más letal, un rugido que consumió todos los otros sonidos de la habitación, dejándola muda. Jamás el silencio había sido tan espeluznante, como esperar a que caiga la guillotina sobre el condenado, un silencio tan escandaloso, que provoca el más terrible de los miedos. ¿Cómo pude alguna vez dormir en una pieza tan silenciosa? Tiemblo, no sé qué va a suceder. Fuera de la ventana algo se está moviendo.
Le dije que no apagara la luz.