lunes, 15 de septiembre de 2008

Familia

-No creo lo que dice el libro- le expresó el pequeño Badr a su padre. Dicho esto, comenzó a darse vueltas por la habitación, pensando en esa marca de color azul que se engravó sobre el pecho de Alim. Confundido por la historia… ¿cómo iba a pensar que un ser tan maravilloso como Atiya sólo nacería espontáneamente? –Baba, creo que le falta algo al libro… ¿no crees que algo tan hermoso debe venir de algo más fuerte que simplemente del encuentro fortuito entre un ave caída y esta preciosa joya?

Niños… siempre con preguntas tan obvias que nadie sabe cómo contestar. Sin saber qué decir, el padre de Badr permaneció sentado, mientras miraba detenidamente al piso.

-Y que bonita pregunta estas haciéndole a tu padre- Le respondió Amber al pequeño. Desde detrás de la puerta de la pieza principal, la madre de Badr entró a la habitación. Era una mujer muy simple, de tez solo ligeramente oscura, vestida con una blusa de color azul como el de la luna creciente y una larga y vistosa falda del mismo color que tienen las nubes cuando están blancas y esponjosas. Su pelo largo le daba un toque muy particular a su rostro y a la tranquilidad que proyectaba. Al sentarse, su extenso cabello daba una impresión tan natural y perfecta, que parecía como si se enraizaba con la tierra, recibiendo un poco de su paz y sabiduría. Sus pies, también ligeramente oscuros pero perfectos, sin ni un rasguño, protegidos sólo por una capa delgada de piel y olor a jazmín, una de sus flores preferidas. –Tú eres nuestra preciosa joya, ¿cierto?- Continuó. Mientras se acercaba con una cálida sonrisa, pisando las tablas que crujían en el camino, acercó su mano para hacerle cariño a Badr. –Aunque seas un regalo de Dios, quien te ha traído con salud, una bella sonrisa, y esa cabecita tuya que se ingenia estas preguntas, tu origen es tu familia; Hassab, tu, y yo –Comenzó, como si tuviera algo que agregar a ese relato.

Amber venía de una familia no muy distinta a las típicas del lugar. Rodeada de cultura, tradiciones y estructuras antiguas, ella pudo absorber un poco más que sólo el polen que se mezcla en el viento de primavera. Su hogar era cálido como si te abrazara desde que ponías pié dentro de él, situado en una ciudad innombrable para alguien que no es propio de ahí, la cuna de las civilizaciones antiguas. Se dice que en aquél lugar se estableció un pacto entre el Sol y sus habitantes, brindándoles buena fortuna, amor y sabiduría. De día, el sol brillaría con una esplendorosa fogosidad, pues le prometió a sus habitantes que nunca nadie pasaría frio ni en sus cuerpos físicos, ni dentro de sus corazones. De noche, por otro lado, las personas eran quienes debían iluminar la ciudad con la luminosidad de sus sonrisas y no menos de 500,000 pequeñas luces para agradecer y homenajear al sol por brindarles energía, felicidad, y unión familiar. Gracias a esta constante iluminación espiritual, el Lugar fue la base de una civilización absolutamente distinta de todas las otras, difícilmente entendible por algún extranjero ajeno a sus conductas.

Se recuesta sobre una especie de sillón largo, su pelo enraizado a la madre tierra y la mirada perdida, recordando el cuento de Atiya, según se lo habían contado a ella en su hogar.

-Atiya, hace tiempo, fue una niña de corazón y hueso como tú y como yo, hijo mío –Le dijo Amber al pequeño Badr –Desde pequeña, siempre tuvo la facultad de poder ver el mundo, podía viajar en un minuto al oriente, al minuto siguiente al occidente o a ratos a países diversos; conocía casi a cada tipo de persona que existiera en el mundo. –Lo que más le gustaba hacer, decía Amber, era sentarse en una isla que marcó como suya, cerca del ecuador donde había un clima exquisito, y sentir como la brisa acariciaba su cara. La desventaja, si, era que si escogía ir un día a Suiza de esa manera, no podía estar más de 24 horas. Solía escaparse a esa isla cuando en su cabeza recorrían demasiados pensamientos, cuando sobraban las ideas y sus emociones la sobrellevaban.

El engravado sobre el pecho de Alim comenzaba a arderle, como si estuviese escuchando esta historia, tan lejana, como si aún le trajera algo de dolor o nostalgia.

Siendo una niña muy astuta, Atiya tenía representado el mundo real dentro de su cabeza como un gran puzle, de millones de millones de piezas ínfimas que sólo ella era capaz de recolectar por el dote que tenía de poder volar a cualquier lugar a voluntad y en menos de un segundo.

(Continuará…)